Nuestro país padece una grave enfermedad económica: el estancamiento endémico. Situación que tiene graves consecuencias sociales, políticas e internacionales.
El crecimiento promedio durante los siete años de la llamada Cuarta Transformación (4T) —los seis del gobierno de Andrés López Obrador y el primero de la administración de Claudia Sheinbaum— se mantiene por debajo del 1% anual. Se trata del desempeño más bajo en siete décadas, con la excepción del sexenio de Miguel de la Madrid, cuando el país se vio obligado a aplicar severos ajustes fiscales para contener la crisis de deuda de 1982 a 1988.
Incluso en el porfiriato (1877-1910), el crecimiento per cápita alcanzó un promedio anual de 2.5%, cifra que contrasta de manera significativa con la actual inercia económica. Este estancamiento se traduce en una baja generación de empleo, que no absorbe a los jóvenes que ingresan a la fuerza de trabajo; conlleva baja productividad, e implica bajos salarios ―aunque moderada por el aumento de los salarios mínimos y remesas―.
En cambio, la economía informal aumenta, representando la mitad de la economía. El número de empresas ha disminuido notablemente. Ello significa una reducida base tributaria, por lo que tenemos una baja recaudación de impuestos ―15% del PIB―, la más baja de la Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD). Nos deja un muy limitado espacio fiscal, porque tenemos que hacer frente a crecientes pagos de pensiones, servicio de la deuda, y el tonel sin fondo que es Pemex. En consecuencia, no contamos con recursos suficientes para invertir en infraestructura, energía, educación, ni salud; sectores que generan los medios para salir de la pobreza, no las dádivas del Bienestar, que solo la temperan y sirven para ganar votos, erosionando a la clase media, que muestra una tendencia descendente.
El principal motor del crecimiento es la inversión. La inversión pública ha venido cayendo y está en sus más bajos niveles históricos, menos del 3% del PIB y está muy mal asignada a los proyectos emblemáticos, las “ocurrencias” de la 4T, que operan con mínima capacidad y máximas pérdidas: Refinería Dos Bocas, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles ―más el que se canceló a alto costo―, Mexicana de Aviación, Tren Maya, Ferrocarril Interoceánico ―con su grave tragedia―, y los nuevos proyectos absurdos de trenes de pasajeros. El Plan México enuncia objetivos plausibles, pero adolece de instrumentos eficaces.
El nuevo Plan de Inversión de Infraestructura ―pública y privada― avanza en la dirección correcta. Sin embargo, parece poco realista la meta de 400 mil mdd, muchos proyectos de inversión privada son solo buenas intenciones, en papel. No se entiende que la inversión privada requiere estado de derecho, certidumbre en reglas, un ambiente propicio. Se dice que la pública aumentará en 700 mil millones, equivalentes a 2% del PIB; la interrogante central es de dónde provendrán esos recursos.
1935-2025: el crecimiento en nuestra historia
Debe ser fuente de orgullo para nuestro Ejército, que la más eficaz estrategia de crecimiento de nuestra historia, conocida como Desarrollismo, se gestó bajo la Presidencia de dos presidentes militares: el periodo del General Lázaro Cárdenas del Río, que permitió salir de la Gran Depresión y enfrentar las consecuencias de la nacionalización del petróleo, con un crecimiento anual de 4.5%; luego, el General Manuel Ávila Camacho aprovechó la economía de guerra para impulsar la industrialización y generó un crecimiento de 6% anual. El artífice fue el Secretario de Hacienda, Eduardo Suárez, que adoptó políticas de corte keynesiano, aumentando la inversión pública y otras reformas importantes.
La estrategia se consolidó con la aceleración del desarrollo industrial impulsada por el presidente Miguel Alemán Valdés, bajo cuyo gobierno la economía creció a una tasa promedio de 5.7%. Posteriormente, durante la administración de Adolfo Ruiz Cortines, el crecimiento alcanzó 6.9%.
1959-1970: el desarrollo estabilizador
Éste es el periodo más exitoso de nuestra historia económica. Con los presidentes Adolfo López Mateos y Gustavo Diaz Ordaz se alcanzó ―durante 12 años―, un crecimiento anual récord de 6.7% anual. Además, se logró estabilizar la inflación a niveles de 2% y sin devaluaciones. La política fue impulsada por el secretario de Hacienda, Ortiz Mena.
1971-1982: bonanza petrolera, irresponsabilidad fiscal y crisis de deuda
El presidente Luis Echeverría Álvarez consideró que el modelo desarrollista estaba agotado. Lo reemplazó por el crecimiento compartido. Continuó este 6.1% de 1971 a 1976, pero con fuertes altibajos, desequilibrios fiscales y balanza de pagos, culminando en la traumática devaluación de 1976, después de dos décadas de estabilidad. Con López Portillo se produjo la bonanza petrolera, que aprovechó para impulsar un fuerte desarrollo industrial, con cuatro años de crecimiento de 8% de 1978 a 1981, pero cambió el entorno internacional con caída de precios del petróleo y alza de tasas de interés. Como defensa, incurrió en una deuda desbordada que desembocó en una seria crisis fiscal con incapacidad de pago, como decía la frase de Silva Herzog: debo no niego, pago no puedo. Además, recurrió equivocadamente, como remedio, a la nacionalización bancaria.
1983-2000: drástico ajuste fiscal, reformas estructurales, crisis bancaria y recuperación
Al presidente Miguel de la Madrid le corresponde realizar un dramático ajuste fiscal para renegociar la deuda. Inicia el proceso de reformas estructurales. Prácticamente 0% decrecimiento anual promedio. El presidente Carlos Salinas de Gortari proclama el liberalismo social, profundiza las reformas: en el ámbito fiscal, a través de un proceso de privatización de empresas públicas y apertura comercial, con la exitosa negociación del NAFTA, reprivatizó la banca. Los nuevos banqueros propician una orgia de crédito que culmina en un serio desajuste de la balanza de pagos y severa crisis bancaria en 1994 con un crecimiento anual de 3.5%. El presidente Ernesto Zedillo reencauza el barco, negocia con el presidente norteamericano Bill Clinton un mega programa de apoyo, reestructura la banca y concluye su sexenio con un crecimiento de 6% en 2000 y promedio anual de 3.5%.
2001-2018: estancamiento estabilizador
En línea con tendencias mundiales, se adopta en México un modelo de política neoliberal llamado el Consenso de Washington, que preserva el equilibrio de las finanzas públicas, privilegia la acción del libre mercado sobre la intervención estatal, así como la apertura comercial y sobre todo la estabilidad de precios. Objetivo que se logra y genera una inflación alrededor de 2%. Por otra parte, el crecimiento se reduce en los gobiernos de Vicente Fox, Felipe Calderón y Peña Nieto a niveles de 2% anual. Las reformas educativa y energética, mal presentadas; la corrupción desbordada y la desigualdad, dan lugar al triunfo de López Obrador y al estancamiento endémico ya comentado.
Del modelo desarrollista al neodesarrollista
El anterior recorrido histórico permite entender que México fue capaz de crecer aceleradamente a ritmos de 6% anual sin crisis, durante el periodo desarrollista que incluye el desarrollo estabilizador: 1935-1970. En un año se crecía más que todo el periodo sexenal de la 4T. ¿Cuáles fueron los elementos básicos del modelo?
1) El principal objetivo de política económica es el crecimiento de 6%. Hacia allá se alineaban los instrumentos de política económica y la acción del Estado activo, promotor del desarrollo.
2) La inversión pública, arriba del 5% del PIB, actúa como un factor multiplicador del crecimiento e inductor de la inversión privada. Los proyectos estaban bien evaluados: infraestructura, energía, agricultura.
3) Política industrial, orientada a la sustitución de importaciones, con elementos proteccionistas; al final, promoción de exportaciones.
4) Ambiente favorable al sector e inversión privada, con algunos conflictos al final del cardenismo, que propiciaron que Ávila Camacho promoviera un gobierno de unidad nacional, con mecanismos de inversión extranjera.
5) Una política muy eficaz de orientación selectiva de crédito hacia los sectores prioritarios: agricultura, exportaciones, industria y PyMEs, a través de la banca privada y fondos de fomento creados. La banca de desarrollo fue un instrumento particularmente eficaz con NAFINSA a la cabeza, promoviendo la creación de empresas estratégicas. Llegó a dar 7% del PIB en créditos.
6) Se propició una educación de calidad a todos los niveles, política de salud universal con la creación del Seguro Social de gran cobertura, y una política de vivienda con la creación del Infonavit.
7) Como error mantuvo una baja tributación, pretendiendo favorecer a la inversión privada.
Este modelo desarrollista fue la practicado con éxito en Asia, dando lugar a los milagros japonés y coreano. En América Latina se aplicó con éxito, impulsado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). México fue considerado un ejemplo a imitar por sus resultados. Ahora se ha transformado con adecuaciones al nuevo entorno mundial en el neodesarrollismo aplicado con gran éxito en China y Vietnam. Se plantea como una estrategia alternativa al neoliberalismo.
Conclusión
Es evidente que el crecimiento económico no lo es todo. Debe ser socialmente incluyente y ecológicamente sustentable. Pero es sin duda un elemento indispensable para generar el bienestar de las poblaciones, los populismos reparten miserias. México requiere proponerse, como objetivo, salir del actual estancamiento. Ello requiere cambios fundamentales en las políticas económicas, ejecutadas por una administración pública competente y eficaz, con inversión pública bien evaluada y un entorno político, que proporcione un clima favorable a la inversión privada, que brinde confianza y certidumbre, no polarización. Nuestro recorrido histórico demuestra que con políticas atinadas e instituciones eficientes es posible acelerar el crecimiento y bienestar.