Entre las Instrucciones a los Capitanes de Compañía que redactó el célebre primer presidente de los Estados Unidos de América (EE.UU)., George Washington, en el verano de 1757, hay una que puede aplicarse en cualquier fuerza armada instituida: “La disciplina es el alma de un ejército. Hace que un grupo pequeño sea temible; procura el éxito a los débiles y la estima a todos…” Vale recordar que otro militar destacado, Napoleón Bonaparte, identificó en la disciplina de un soldado la llave para sobreponerse a la adversidad y lograr objetivos difíciles.
Hoy, nuestro mundo está cambiando en tiempo real. Entre el ingente caudal de transformaciones es fácil perder de vista las coordenadas que orientan a un país hacia la prosperidad. No se trata únicamente de una alternancia de regímenes y gobiernos, sino de un auténtico reordenamiento civilizatorio a escala global marcado por la redefinición de alianzas, intereses geopolíticos, financieros, energéticos y de seguridad.
Todos vemos y atestiguamos cómo el orden de las cosas y el transcurrir de los acontecimientos, tanto en el ámbito local como en el regional y global, se hallan inmersos en una espiral de alteraciones abruptas, irreversibles al menos para las generaciones venideras. Hace más de 30 años, cuando a principios de la década de los 90 el expresidente estadounidense George Bush proclamó el inicio de un Nuevo Orden Mundial tras el aparente fin de la Guerra Fría, resultaba poco factible anticipar la apertura de un nuevo capítulo en la confrontación entre las potencias mundiales, como el que hoy se desarrolla.
En ese sentido, las decisiones que cada nación toma en el presente adquieren una importancia decisiva, pues están de por medio tanto la vida cotidiana como el futuro a corto y mediano plazos.
No fue una coincidencia lo que ocurrió en el encuentro anual al que acuden líderes mundiales, políticos, empresarios, financieros y académicos, el Foro Económico Mundial, conocido como el Foro de Davos, en Suiza, efectuado el pasado mes de enero y que tuvo como lema en su 56ª edición “Espíritu de diálogo”. Una de las intervenciones más trascendentes fue la del Primer Ministro de Canadá, Mark Joseph Carney, quien describió con mucho aplomo y realismo el ánimo de nuestro tiempo. Sus palabras se convirtieron en una llamada de atención que vale considerar. Vienen a cuento aquí algunas de las muchas frases notables de ese discurso:
“―Hoy en día― la geopolítica no se somete a ningún límite, ni restricción (…) El poder del sistema no reside en su verdad, sino en la disposición de todos a actuar como si ―ello― fuera cierto, y su fragilidad proviene de la misma fuente. Cuando una sola persona deja de actuar (…) la ilusión empieza a resquebrajarse. (…) Las instituciones multilaterales en las que se han apoyado las potencias intermedias —OMC, ONU—, la arquitectura misma de la resolución colectiva de problemas, se encuentran amenazadas. Y, como resultado, muchos países están llegando a la misma conclusión: deben desarrollar una mayor autonomía estratégica en materia de energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro (…) Y este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse ni defenderse tiene pocas opciones. Cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte (…)”.
¿Cuáles son las alternativas para México?, ¿qué margen tienen sus instituciones y dirigentes para enmendar y sobrellevar sobre condiciones de apertura y diálogo, al margen de complicidades o compromisos políticos que socavan el auténtico interés nacional? Una de las advertencias del Primer Ministro Carney que más pueden resonar directamente, entre las Fuerzas Armadas es la siguiente:
“La gestión de riesgos tiene un precio, pero ese precio de autonomía estratégica, de soberanía, también puede ser compartida (…) ¿Qué significa para las potencias medias vivir la verdad? En primer lugar, significa nombrar la realidad (…) Estamos en medio de una ruptura, no de una transición (…) Entendemos que esta ruptura exige, más que adaptación, honestidad sobre el mundo tal como es (…)”.
Asistimos, sin duda, a una mutación de la naturaleza de los poderes y valores, por ejemplo, si la idea misma de soberanía ha colapsado, ¿cómo elegimos adaptarnos a esa nueva realidad? Mark Carney recuerda también al líder histórico de la República Checa, Václav Havel, quien en su momento pidió dejar de “vivir dentro de la mentira” que avaló la tiranía soviética. Al final, tengamos presente que la deshonestidad es una ilusión costosa. ¿Abandonaremos abiertamente el respeto a los derechos humanos, la búsqueda del desarrollo sostenible, solidaridad, cooperación o integridad territorial de los distintos Estados?
¿Es una alternativa para ese nuevo mundo que toca a la puerta aferrarse a rituales y símbolos que no funcionan? La administración federal de nuestro país está apostando por un orden anquilosado ―al interior y al exterior― que se resquebraja aceleradamente al sostener políticas que no están dando resultados ―salud, educación, diplomacia profesional, derechos y garantías individuales, gestión de la cultura y patrimonio―, y dejar de aprovechar mejores oportunidades para hacer que la economía crezca ―ajustes e incentivos fiscales, impulso a la mediana y pequeña empresa, condiciones para diversificar inversión e innovación, ausencia de garantías para la competencia, monopolios energéticos, empresas públicas fallidas―.
En México se observa un abandono sistemático de la formación cívica y ciudadana, así como de los marcos elementales de convivencia, lo que abjura del desarrollo integral y auténticamente inclusivo frente a un nuevo escenario que, sin más, se impone ante la falta de previsión y de acción: nula procuración de justicia, impunidad, ausencia de confianza en los procesos legales, debilitamiento de la ética del servicio público y erosión de los procesos electorales y de la rendición de cuentas.
Todos los sectores del país están quedando a merced de la inmovilidad, desánimo o rezago por corrupción o sometimiento. El colofón de este proceso se refleja en los resultados en materia de seguridad pública y percepción negativa de la población.
Bajo este panorama, las Fuerzas Armadas quedan cercadas entre los complejos escenarios derivados de los reacomodos financieros y militares propiciados en diversas regiones del mundo por los EE.UU, y la problemática que se vive dentro de nuestras fronteras. ¿Cuál es, entonces, su verdadera capacidad de reacción si, además, la política exterior de México parece perder peso y, lejos de generar consensos, alimenta la ambigüedad en un momento en que las definiciones y alianzas resultan apremiantes y de impacto inmediato?
En el siglo XX, tras la Guerra Fría, muchos países apostaron por la estabilidad que brinda lo previsible, todas las democracias ―consolidadas y emergentes― nos beneficiamos de ello. En buena medida hubo tesón y paciencia, tolerancia así como apertura; nunca faltaron en esos momentos de construcción democrática: honor, lealtad, patriotismo, abnegación, valor y espíritu de cuerpo de las Fuerzas Armadas. Más de tres décadas después, ¿pueden seguir siendo los ejes rectores e inamovibles ante una vuelta de tuerca en el orden mundial? o, ¿cómo garantizar la defensa del orden constitucional, la seguridad interior, la soberanía o el auxilio a la población civil en casos de desastre?
Como a los ejércitos de Washington y Napoleón, frente la incertidumbre, nos urge responder y aplicarnos en lo que nos corresponde, sin perder de vista el origen, destino así como responsabilidad frente al ámbito público y privado. Actuemos no desde la reacción, ni el oprobio, aún menos desde el deshonor. El mundo puede cimbrarse, pero siguen abriéndose caminos, si sabemos construirlos atendiendo a los sentidos patrióticos de lealtad, entrega y disciplina en las Fuerzas Armadas.