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Armas – Revista Militar

CON LA CABEZA EN ALTO, LA PATRIA ES PRIMERO

No solo vivimos una etapa de grandes transformaciones; somos testigos de un cambio de época. Una metamorfosis de alcance comparable a la que en su momento provocaron la invención de la rueda, máquina de vapor o electricidad. En nuestro tiempo, este fenómeno está impulsado principalmente por el uso del Internet e Inteligencia Artificial, tecnologías que han redefinido la forma en que compramos, trabajamos, estudiamos, comunicamos, entendemos la seguridad y defensa.

Los cambios de época no solo transforman la forma en que vivimos; también modifican la manera en que vemos el mundo y valores que compartimos. La inmediatez tecnológica nos ha hecho menos pacientes, tolerantes a la frustración y más desconfiados. Vivimos en un entorno donde la información circula a gran velocidad, no siempre verídica.

El mundo enfrenta una enorme paradoja. Según datos de la Universidad de Oxford, la economía mundial creció 15 veces entre 1950 y 2024, reduciendo drásticamente la pobreza; sin embargo, la desigualdad aumentó. De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en 2024 el 10% de la población con mayores ingresos percibía, en promedio, nueve veces más que el 10 % con menores ingresos, frente a una brecha de siete veces registrada apenas 25 años antes.

Millones de personas han mejorado muy poco, o prácticamente nada, siguen viviendo en condiciones indignas, sin acceso a servicios públicos de calidad, como agua, salud, buenas escuelas y oportunidades para progresar.

Esta contradicción se profundiza en una época hiperconectada. Hoy, a través de las redes sociales, cualquiera puede ver cómo viven los más favorecidos. Cuando esa comparación ocurre desde la escasez, o falta de oportunidades, surge un sentimiento de injusticia, enojo y agravio. Ahí está la paradoja, en un mundo capaz de generar más riqueza también han crecido la desigualdad, descontento y polarización.

Esa polarización no sólo divide opiniones; también debilita la confianza en el pacto social. Todo país necesita acuerdos básicos. En México, nuestra Constitución reconoce derechos y aspiraciones fundamentales: salud, educación, vivienda digna, seguridad, justicia y prosperidad. Pero para millones de personas esas promesas no se han cumplido.

Quienes piensan distinto dejan de ser vistos como adversarios y empiezan a ser tratados como enemigos. Dejamos de buscar soluciones y comenzamos a buscar culpables, dejamos de dialogar y acumulamos agravios. La polarización adquiere entonces un carácter existencial, deja de ser “tú, yo y nosotros” y se convierte en “tú o yo”.

Por ello, la solución no consiste en negar el enojo, ni descalificar a quienes se sienten excluidos. Comienza por reconocer que, para millones de mexicanos, el pacto social actual ya no se percibe justo, ni suficiente. Necesitamos construir un nuevo pacto social que recupere la confianza, ofrezca oportunidades reales y nos permita reencontrarnos como nación.

Para que este nuevo pacto funcione, se requieren dos cambios de fondo. El primero es una revolución de nuestras conciencias, fortalecer valores y principios indispensables para vivir juntos. Recordar que toda persona tiene derecho a una vida digna y a desarrollar libremente su proyecto de vida; que, en una sociedad interdependiente, nadie puede alcanzar plenamente sus aspiraciones mientras los demás carezcan de las mismas oportunidades para hacerlo.

Esto nos obliga a recuperar valores como la justicia, solidaridad, igualdad de oportunidades y trato digno. No basta con hablar de igualdad material; también necesitamos igualdad relacional, tratarnos como iguales, con respeto, empatía y reconocimiento de la dignidad de cada persona. Una sociedad se sostiene por la forma en que sus ciudadanos se miran, escuchan y tratan.

El segundo elemento para reconstruir el pacto social consiste en adoptar políticas públicas que estimulen el crecimiento económico. De esas hablaré con más detalle en otra oportunidad.

Una economía que crece y genera empleos dignos además de productivos permite a las personas cubrir sus necesidades básicas, desarrollar su talento, construir un proyecto de vida, así como decidir con libertad su futuro.

Una economía que crece genera los recursos que el Estado necesita para cumplir con sus responsabilidades fundamentales: ofrecer educación, salud de calidad, seguridad y justicia.

México tiene un potencial envidiable. Cuenta con ubicación geográfica estratégica, gran capacidad exportadora tanto enorme riqueza natural como cultural. Además, somos un país joven, con geopolítica favorable y economía de relevancia internacional.

Por ello, estoy convencido de que un México mejor sí es posible, y en ello el papel de las Fuerzas Armadas es fundamental.

Desde joven tuve la oportunidad de conocer al Ejército Mexicano cuando hice mi servicio militar en las Tropas de Asalto de Guardias Presidenciales. Durante más de siete años conviví todos los días con integrantes de las Fuerzas Armadas, conocí su disciplina, sentido del deber y lealtad. Por ello, me une una amistad entrañable con muchos desde entonces.

Nadie sabe mejor que las Fuerzas Armadas que una sociedad polarizada es más vulnerable. Cuando el diálogo se debilita y la confianza entre ciudadanos se erosiona, los conflictos tienden a resolverse cada vez más por la fuerza y violencia. Ese no es el México que queremos para nosotros, ni para nuestras familias.

La construcción de un nuevo pacto social, basado en el crecimiento, justicia e inclusión, no es solamente una necesidad económica o política, sino una condición indispensable para fortalecer la seguridad y cohesión nacional.

Hoy más que nunca recordemos a Vicente Guerrero, quien entendió que, por encima de cualquier interés personal, la patria es primero. Ese principio debe guiarnos hoy. Servir a México, cuidar su unidad, fortalecer su seguridad y construir un país más justo y próspero. Porque solo así podremos honrar nuestra historia y caminar, siempre, con la cabeza en alto.