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Armas – Revista Militar

LAS FUERZAS ARMADAS Y LA RAZÓN DE GÉNERO

El cambio de era que vivimos en la actualidad abarca todos los ámbitos de la vida pública y privada. El ritmo de esos cambios no es, por supuesto, homogéneo. Cada país, región, pueblo y ciudad, los afronta o asimila según su potencial y debilidades.

Si bien las diferentes etapas del feminismo —denominadas olas— que tuvieron lugar durante el siglo XX delatan un proceso dilatado y a contracorriente, desde el acceso a la educación superior y apertura a los derechos políticos de las mujeres —consideremos los primeros casos del sufragio general femenino en Nueva Zelanda en 1893, Australia en 1902, Finlandia en 1906, Rusia en 1917, Reino Unido en 1918 y Estados Unidos a partir de 1920—, hasta el desafío consistente a las prácticas y simbolismos del patriarcado en la primera década de los años 2000, pasando por la liberación sexual y nueva salud reproductiva de la década de los sesenta y setenta.

La gran revolución social del siglo XX, de impacto global, se desprende de la invención en 1951 de la píldora anticonceptiva y su posterior comercialización a partir de 1961. Ello también abonó a revitalizar y ensanchar la idea de libertad.

México registró un primer avance en materia de derechos laborales de las mujeres con la incorporación del artículo 123 en la Constitución de 1917; sin embargo, se integró formalmente a la primera ola feminista hasta 1953, cuando se hizo efectivo el sufragio universal femenino. No obstante, ya existían antecedentes relevantes en legislaciones locales, como la de Yucatán en 1924, entidad que además albergó un congreso feminista durante la segunda década del siglo XX.

La sociedad mexicana presentó un rezago de dos décadas respecto a otros países latinoamericanos, como Ecuador que lo concede en 1929, Uruguay y Brasil en 1932. La sociedad mexicana ha legislado otros aspectos concernientes a la condición de hombres y mujeres a su propio ritmo, como la igualdad jurídica a nivel constitucional en 1974, una apertura tardía, sin duda. Tampoco aprovechó el hecho de que México fuera sede de la primera Conferencia Mundial sobre la Mujer de la ONU ―celebrada en 1975― para lograr avances más tangibles en los derechos de las mujeres.

Transcurrieron 32 años para que se promulgara la Ley General para la Igualdad entre Mujeres y Hombres, en 2006, y 45 años para que la paridad de género en los distintos poderes públicos quedara garantizada a nivel constitucional, con la reforma de 2019.

Es cierto que tradicionalmente las Fuerzas Armadas de México son un sector en que, por su naturaleza y condiciones, la participación de las mujeres ha sido paulatina. Sin embargo, no han dejado de ser receptivos a todo ello. La incorporación de las mujeres constituye uno de los procesos de transformación institucional más significativos de las últimas décadas en el ámbito de la seguridad nacional.

Lo que durante gran parte del siglo XX fue un espacio prácticamente reservado para los hombres, hoy se configura como un ámbito cada vez más abierto a la participación de las mujeres, en un proceso que busca fortalecer la inclusión mientras enfrenta los desafíos estructurales propios de una institución históricamente jerárquica y masculinizada. Hay avances institucionales, pero persisten brechas notables. 

Al repasar la historia encontramos momentos relevantes sobre la participación de las mujeres en las Fuerzas Armadas. Evidentemente no tuvieron la persistencia, ni el ritmo de los cambios actuales, pero sí obedecían a una estrategia institucional. Quizá para un primer antecedente podemos aludir al fenómeno de las soldaderas, durante la Revolución Mexicana, que fueron parte esencial del entonces Ejército Constitucionalista, antecesor del actual Ejército Mexicano.

La primera mujer en ingresar al servicio activo del Ejército Mexicano el 1 de febrero de 1934 fue María González de Carter, un hecho inédito en la etapa institucional del país. La Escuela Militar de Enfermeras se creó en 1938 y más adelante, en la década de 1970, las mujeres lograron ingresar a la Escuela Militar de Graduados de Sanidad, la Escuela Militar de Medicina y la Escuela Militar de Odontología. Fue hasta la década de los noventa cuando se otorgó por primera vez el cargo de General Brigadier a una mujer ―a la fecha solo 11 mujeres han alcanzado este cargo―. En 2023, se autorizó el alta de mujeres con el grado de Soldado en las unidades de Infantería, Caballería y Arma Blindada. Apenas en el 2024, una mujer alcanzó el grado de General de Brigada.

A partir del 2000, las mujeres se han incorporado a diferentes cursos especializados y se creó además el Batallón de Tropas de Administración Femenino, también han podido ingresar a la Escuela Militar de Oficiales de Sanidad, Escuela Militar de Materiales de Guerra, Escuela Militar de Tropas Especialistas, así como la Escuela Militar de Mantenimiento y Abastecimiento. La Policía Militar se ha convertido en el cuerpo con mayor concentración de mujeres dentro del Ejército Mexicano.

Desde 2007, se ha permitido el ingreso de mujeres a la Escuela Superior de Guerra, Heroico Colegio Militar, Colegio del Aire y Escuela Militar de Ingenieros, decisión que marcó un parteaguas en materia de inclusión al abrirles el acceso a la formación como oficiales en armas y especialidades que históricamente habían estado reservadas a los hombres.

Desde 2024, las políticas de inclusión han facilitado un ingreso más amplio en áreas como Infantería, Caballería y Arma Blindada, operación de aeronaves de transporte y combate, dirección de proyectos de infraestructura, unidades de Fuerzas Especiales y participación en procesos de ascenso del Sistema Educativo Militar. En 2024, se aprobó una reforma a la Ley Orgánica del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos que permite formalmente que la Secretaría de la Defensa Nacional pueda ser dirigida por una mujer e introduce lenguaje incluyente en el texto legal.

Hasta marzo de 2026, el Ejército, Fuerza Aérea y Guardia Nacional registraban 42 mil 682 integrantes femeninas ―siete mil se sumaron durante la actual administración federal―. Al considerar también a la Armada de México, la presencia femenina en el sector seguridad alcanza aproximadamente 67 mil efectivos que desempeñan funciones en distintos ámbitos, grados y niveles de mando.

Las mujeres representan alrededor del 12% del total de elementos de las Fuerzas Armadas, que suman poco más de 330 mil. Sin embargo, la presencia femenina continúa creciendo, para 2026 se prevé la graduación de cerca de mil 560 mujeres Cadetes del Sistema Educativo Militar, la cifra más alta registrada en la historia del Ejército Mexicano.

Las Fuerzas Armadas estiman que para 2030, las mujeres representen el 35% de las fuerzas regulares, con al menos cinco Generales de División. Si bien la arquitectura institucional en materia de igualdad de género ha avanzado, los desafíos pendientes se vuelven más complejos. La realidad de que una cuarta parte del personal femenino militar permanezca en los escalafones más bajos de la jerarquía, nos recuerda que el camino por recorrer aún es largo.

A la luz de estos datos, resulta necesario formular una reflexión de fondo: ¿Cómo lograr que la igualdad de género, la feminidad y la maternidad coexistan de forma plena y complementaria? Porque sin esta condición, la humanidad, ni ninguno de nosotros existiría.  La maternidad es fundamental.

BIBLIOGRAFÍA: