Armas – Revista Militar

190 AÑOS DE LA PÉRDIDA DE TEXAS

Por: Marcos Marín Amezcua catedrático de la UNAM.

En 2026, se conmemoran dos efemérides significativas: el 190 aniversario del levantamiento de los colonos anglo-americanos ―con el objetivo de apoderarse de Texas― y el 180 aniversario del inicio de la guerra entre México y Estados Unidos ―único conflicto declarado entre ambos vecinos en más de dos siglos de convivencia―, cuya suma costó perder más de la mitad del territorio nacional.

El tema texano en concreto, es asaz interesante porque nos alerta de la importancia de poblar y vigilar el territorio nacional con mexicanos que estén dispuestos a robustecer a la Patria. Nos recuerda una diplomacia marrullera que agredió a México robándose una extensión de tierra significativa, más de la mitad de lo inicial de 1821.

Recuérdese que estos territorios poco poblados, cuyos límites los fijó el Tratado Adams-Onís entre España y Estados Unidos (EE.UU.) en 1819, definieron el linde texano en los ríos Rojo y Sabina. Texas fue a veces provincia y otras se añadió a Coahuila. Siempre fue territorio español, con el río Nueces como límite sur y una extensión considerablemente menor a la actual.

Durante el mismo año, Fernando VII extrañamente autorizó establecerse en Texas a colonos angloamericanos ―así llamados― bajo tres condiciones: que fueran 300 familias católicas, sin esclavos y que juraran fidelidad al rey de España. Una decisión nefasta que atrajo terribles consecuencias.

México nació independiente con Texas en peligro de perderse, hipotecada de alguna manera. Cesando el gobierno español, el líder de aquellos colonos, Moisés Austin, pensó dirigirse a la Ciudad de México para saber si el permiso continuaba, mas falleció. Su hijo, Esteban Austin, retomó la tarea negociadora. Entre la Regencia, el primer Imperio y la primera república federal, retardaron una respuesta. El gobierno de Guadalupe Victoria refrendó su permanencia. Segundo gran error. En 1829 México decretó una nueva prohibición de la esclavitud. Cayó mal en Texas donde se encubría.

Es oportuno hacer un paréntesis al respecto. Francia ocupó el centro de los actuales Estados Unidos conformando la Luisiana, un territorio de linderos vagos. En 1762 la perdió cediéndola en dos porciones. La oriental se la quedó Gran Bretaña por la paz de París (1763). Corría de los Apalaches al Misisipi. La occidental se la quedó España, desde el Misisipi hasta un lindero no del todo definido. Esa porción occidental, la devolvió España a Francia en 1800 por el Tratado de San Ildefonso, cuya cláusula del derecho del tanto favorecía a España si Francia se desprendía de ella nuevamente. En 1803 Napoleón la vendió a EE.UU. sin considerar a España y esa cláusula. 

Tras comprar Luisiana (1803) Estados Unidos alegó que los límites occidentales eran vagos, evanescentes, escamoteaban Texas y su límite era el río Grande según mapas imprecisos. Y nunca lo fue, pero exigiendo redefinir, renegociar fronteras. Joel Roberts Poinsett, primer embajador estadounidense, insistió luego en la compra de Texas, ya poblada por sus compatriotas, mientras aquellos prosperaban y crecía su comunidad, al grado que el informe del General Filísola de 1831 advertía que por cada mexicano ya había dos angloamericanos. Poinsett finalmente fue expulsado de México en 1830 a causa de su insistente intento por adquirir Texas. En 1831, EE.UU. advirtió que el Tratado Adams-Onís se firmó con España y no con México, por lo cual no había un tratado que fijase certeramente las fronteras entre ambos países. Al final, lo admitió.

En 1835, cayó la república federal instaurándose la centralista cancelando la autonomía estatal, concentrando el poder en la Ciudad de México. Fue el pretexto para que los colonos estadounidenses buscaran separar Texas, alzándose aduciendo incumplirse el pacto de vivir en el federalismo. Fue un embuste y su rebelión atentaba contra la soberanía mexicana a cambiar de régimen sin obligación de pactarlo con extranjeros.

Estados Unidos reaccionó mediante el tráfico de armas en favor de sus intereses. No participó activamente para no generar una guerra internacional, aguardando el momento propicio. Se conformó un ejército mal armado y dirigido por el General Santa Anna, de infausta memoria, marchando al norte a una zona que conocían bien los angloamericanos.

Se libraron batallas tales como Washington on the Brazos y San Antonio ―perdidas por los tejanos fieles―, Goliad, El Álamo o Coleto ―ganadas por las fuerzas mexicanas―. El Álamo se ganó de manera valerosa por los mexicanos ante una pandilla atrincherada de filibusteros. Aunque la historiografía estadounidense niegue tal condición tratando de minimizarla y de reescribir la historia, sin éxito.  En la batalla de San Jacinto, Santa Anna fue capturado y conducido por Houston a Puerto Velasco, entonces capital rebelde.

Amenazado, se expuso que o firmaba la independencia texana o perdería la vida. La cesión fijaba por límite geográfico el río Nueces. Santa Anna signó los Tratados de Velasco sin facultades para ello, el día 14 de mayo de 1836. El 2 de marzo previo, los colonos firmaron su ilegal acta de independencia frente a México.

EE.UU. reconoció la república texana de inmediato. El Congreso de la Unión rechazó los Tratados de Velasco por fondo y forma, pero no reanudó la guerra, amenazado por EE.UU., Francia y Gran Bretaña de emprenderla contra sí, pues ya habían reconocido a Texas ambicionando su algodón. México no reconoció al nuevo país.

Por su parte, los colonos rebeldes buscaron ayuda y apoyo estadounidense. Cuando en 1842 se llegó a insinuar que Estados Unidos anexaría a la Estrella solitaria ―como se autodenominaban aquellos rebeldes de forma tan cursi― México advirtió a Estados Unidos que la anexión también sería un casus belli. Cesaron sus intentonas. Entonces, se fueron por un resquicio. ¿Y si los texanos pedían la anexión? Eso hicieron tratando de cuidar las formas. EE.UU. aceptó anexándolos en diciembre de 1845, creándose las condiciones para la guerra del año siguiente, no sin antes un debate interno. EE.UU. estaba dividido en norte-libre y sur-esclavista y hasta entonces el Senado ―clave del poder en ese país― tenía tantos estados libres como esclavistas. Los sureños se frotaban las manos pensando en dividir Texas en cuatro entidades esclavistas, ocho senadores más con los cuales frenar intentos de los norteños para abolir la esclavitud. Ser esclavista ya era una afrenta a México. Cuando Estados Unidos admitió a Texas en diciembre de 1845 con la condición de no subdividirse, lo que explica su tamaño actual, fue con más territorio del separado de México en 1836, extendiéndolo unilateralmente con fronteras al rio Bravo.

México rompió relaciones diplomáticas definitivas con EE.UU. y entre diciembre de 1845 y mayo de 1846 prevaleció una tensa calma en la frontera. Para entonces, el presidente James K. Polk ya enarbolaba su lema de guerra: Texas/Oregón y seguiría esa senda. Apostillemos que, para mantener el equilibrio senatorial estadounidense por el ingreso texano, en 1847 se admitió a Minnesota como estado libre. Eso mantuvo las cosas en orden en aquel país hasta su guerra civil. En tanto, las hostilidades entre ambos países iniciaron en la primavera de 1846 con el forcejeo binacional de territorio entre los ríos Nueces y Bravo.

BIBLIOGRAFÍA:

-Artículo La invasión de Texas a nuevo México. Intento por ser un gran país que acaba en provincia de Arteta, Begoña; publicado en https://moderna.historicas.unam.mx/index.php/ehm/article/view/68848/69106

-Grant Susan Mary; Historia de los Estados Unidos de América;  México, FCE, 2014.

-Moyano, Ángela; Una nación de naciones; Instituto Mora, México, 1996. 

-Rivapalacio, Vicente;  México a través de los siglos; México, Editorial del Valle de México, 1977.

https://inehrm.gob.mx/recursos/BibliotecaBicentenario/JovenesYNinios/LA%20GUERRA%20DE%20TEXAS.pdf