Armas – Revista Militar

JUÁREZ SIN MARGARITA, MARGARITA SIN JUÁREZ

Lenta, trabajosamente, el presidente Benito Juárez se levantó de la silla ubicada frente al féretro donde había pasado la noche para iniciar la dolorosa jornada de retorno a la madre tierra del cuerpo de su esposa Margarita. El punto final de una azarosa vida en común. Muerte, prisión, destierro, miseria.

Ordenada la caravana, el viudo, con los generales Miguel Negrete y José Rivera, además de su hijo Benito Juárez Maza, cargarían a hombros el ataúd para conducirlo al carruaje de cortinas y caballos de crestas negras con dirección de la Rivera de San Cosme al panteón de San Fernando.

A escasos pasos del primer destino, el presidente de la República debió ceder su lugar al no tener fuerza para sostener la parte del féretro que le tocaba:

―Ya estoy viejo.

Tradicionalmente inexpresivo aún en la victoria o la derrota, en el rostro de Juárez se deslizaban dos lágrimas.

Tradicionalmente austero, el presidente de origen indígena había gastado 250 pesos en la compra del ataúd, sustituyendo la madera habitual por el elegante zinc.  Tradicionalmente obcecado en el trabajo ―a la certeza del inminente final de quien caminó con él una senda tortuosa durante 28 años―, abandonaba su oficina a las seis de la tarde para sentarse al lado de la enferma.

Derrumbado en lo interno por la pérdida, el tradicionalmente disciplinado Benito Juárez, a contrapelo de su cumplimiento del deber, alargó su duelo durante siete días recluido en su casa de la incipiente colonia de los Arquitectos, Puente Levadizo No.4.

Tradicionalmente ajeno a las prácticas religiosas, permitió la noche previa al deceso de su esposa el ingreso de un sacerdote de la aledaña iglesia de San Cosme, en oficio de aplicarle los santos oleos, aunque, discreto, salió de la habitación.

El presidente de la República aceptó la réplica del ministro de Relaciones Exteriores, Sebastián Lerdo de Tejada, de hacer accesible al pueblo la ceremonia de inhumación, contra el deseo de Juárez de una ceremonia íntima y discreta. La razón era simple: Margarita es de todos.

Las esquelas en el Monitor Republican y El Siglo XIX volvieron tumulto la ruta al panteón de San Fernando: 300 carruajes, dos mil dolientes.

No era solo la pérdida de la joven con quien entrelazó su destino cuando solo tenía diecisiete años, era el intrincado laberinto que ambos habían recorrido: la muerte prematura de cinco de sus 12 hijos. Sus cuerpos se unieron al de su madre.

Desde el largo paréntesis de tres años, errante ante la ignominia de un emperador extranjero apoyado por bayonetas extranjeras, Margarita Maza Parada, le escribió decenas de cartas desde un periplo en Estados Unidos bajo la ruta y guía trazados por el embajador Matias Romero. El colofón era el mismo: “Recibe el corazón de tu esposa que te ama”.

La Margarita que inclinó más la balanza de Estados Unidos hacia la causa juarista republicana frente al imperio de oropel apoyado por el emperador francés Napoleón III, al platicar largo con el presidente del país, Andrew Johnson, en una invitación formal del secretario de Estado para una cena en la Casa Blanca.

La Margarita que, en contrario a la insidia de la prensa estadounidense, le informaba a su esposo haber llevado un vestido y aretes sencillos que le había comprado el día de su santo, para acudir a su cita en la mesa presidencial.

Y el remate que la dibujaba de cuerpo entero: ―¿Cómo crees que perdería el tiempo en lujos cuando mi país está en medio de un polvorín?.

La Margarita que le dio el sí al incipiente abogado oaxaqueño a pesar de la disparidad de edades ―veinte menos que él―, la confesión de dos hijos fuera del matrimonio ―a quienes la mujer aceptó como suyos―, y las murmuraciones sociales contra el indio comecuras a la que describía como de “bronce cuerpecito ancho, facciones oaxaqueñas, labios gruesos, peinado de raya al lado, vestido de levita y cargando viejos libros bajo el brazo”.

En el vaivén de la política, Margarita aparecía como promotora de fondos para sostener la tropa liberal, ayuna de haberes, uniformes y aun alimento suficiente, reaparecía como impulsora de donadores de sangre para los hospitales del Ejército de Oriente; como la esposa del presidente que repartía cobijas entre los desamparados, o la que paseaba las tardes dominicales del brazo de Juárez por el Paseo de Bucareli, rodeada por el bullicio de sus hijos, la gente común la reconocía como la auténtica madre del pueblo.

Encarcelado Benito Juárez a orden del presidente Antonio López de Santa Anna, en la terrible prisión de San Juan de Ulúa, Margarita debió luchar sola para sobrevivencia de la numerosa familia. A veces era la venta de tabaco saltando de hacienda en hacienda de Oaxaca y a veces una pequeña tienda de pan en el poblado de Ixtlán.

Margarita aconsejaba, planeaba, calmaba: “―A pesar de las guerras que nos dividen, te amo. A pesar de la sangre derramada, edificios que se derrumban, la muerte de nuestros hijos, mis sueños desgarrados, quiero amarte”.

La oración fúnebre del escritor y poeta Guillermo Prieto, en el desfile de oradores en el sepelio de la mujer cuya vida concluyó a los 45 años, calificaba a Margarita Maza Parada como “joya blanca, azucena de su hogar modesto, mujer signada con los brazos de oro de la virtud y la fortuna”.

El editorial del diario El Federalista del día posterior a la muerte de la esposa del presidente Juárez, era aún más elocuente: “Ante el sombrío espectáculo de la muerte callan todas las pasiones, el alma se siente conmovida por la pérdida de una mujer que derramaba caridad y calidez, sin ostentación, ni alardes”.

Este año el gobierno de México rinde tributo no a la esposa del presidente Benito Juárez, sino a Margarita Maza. 

 

Mujer de vida y luz propia.