La pregunta no es si México debe colaborar con China, sino cómo hacerlo sin perjudicar su relación con Estados Unidos. Ese es el verdadero dilema estratégico de nuestro tiempo. Y también, probablemente, una de las mayores oportunidades.
Hace más de cuatro décadas, México tomó una decisión que hoy se confirma como acertada: tener una presencia fuerte en China. La visita política del expresidente Luis Echeverría Álvarez, en 1972, abrió las relaciones entre los dos países. El acercamiento se consolidó en 1980, con el acuerdo empresarial entre el Consejo Chino para el fomento del Comercio Internacional y el Consejo Empresarial Mexicano para Asuntos Internacionales (CEMAI), entonces presidido por Julio A. Millán Bojalil, al que se sumaron los entonces presidentes del Consejo Coordinador Empresarial (CCE), Prudencio López Martínez; de la Confederación de Cámaras Industriales de los Estados Unidos Mexicanos (Concamin), Ernesto Rubio del Cueto y de Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (Concanaco), Emilio Sánchez, entre otros.
La resultante apertura del Consulado General en Guangzhou, coincidió así con las reformas económicas en aquel país, que anticipaba el peso que tendría China en la región y en la economía global. Universidades como el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey y la Universidad Nacional Autónoma de México también entendieron la relevancia de construir vínculos. No se equivocaron. China no solo creció, sino que se convirtió en una de las principales potencias del mundo, aportando cerca del 35% del crecimiento del PIB global en los últimos años.
La relación con Estados Unidos es central para México, y cualquier movimiento hacia China debe hacerse con inteligencia. No se trata de elegir entre uno u otro, sino de identificar espacios de colaboración que no resultan tan sensibles para Washington. Hay sectores en los que los beneficios para México son claros, como la electro movilidad, energías limpias y agricultura tecnificada.
Un viaje reciente ―como parte del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales―, me ofreció una perspectiva valiosa de cómo nuestro país puede beneficiarse de su relación con China:
Didi, con 744 millones de usuarios y 32 millones de conductores, ha construido un ecosistema integral de movilidad donde cerca del 70% de los recorridos se realizan en vehículos eléctricos. No se limita al transporte, integra bicicletas, carga, motos y soluciones de energía. En México, plantea la introducción de hasta 100 mil vehículos eléctricos, lo que abre una ventana concreta de colaboración en electromovilidad.
Xiaomi, refleja la velocidad en el desarrollo chino. En poco más de una década pasó de fabricar celulares a producir vehículos eléctricos con autonomías de 700 km, mientras construye un ecosistema de más de 900 millones de dispositivos conectados.
BYD, en una trayectoria aún más larga, evolucionó de baterías a convertirse en líder global en transporte eléctrico, integrando soluciones que van desde autos hasta monorrieles para ciudades.
Estos casos no son excepciones, son parte de un sistema. En China, la innovación impulsada como política de Estado se ejecuta a escala y con rapidez, particularmente en sectores donde México podría encontrar espacios de colaboración.
El sector agrícola presenta oportunidades relevantes. China ha colaborado con países como Brasil en el fortalecimiento de pequeños productores mediante capacitación y transferencia de tecnología. En un país como México, donde el campo enfrenta rezagos estructurales, este tipo de cooperación podría ser transformadora.
Pero quizá una de las lecciones más reveladoras de China no está en sus avances tecnológicos, sino en la forma en que se articulan, piensan y ejecutan las políticas públicas de fomento económico. A diferencia de otras economías asiáticas donde prevalece la estabilidad laboral, en China domina una lógica de competencia constante y experimentación continua. Provincias, universidades y empresas operan como verdaderos laboratorios, donde las ideas se prueban rápido y, si funcionan, se escalan con velocidad.
Espacios como la Universidad de Tsinghua —una de las instituciones de vanguardia en investigación a la altura de las mejores universidades del mundo— han desarrollado ecosistemas donde la academia, startups e industria convergen con un objetivo: transformar ideas en soluciones aplicables.
China, como cualquier país, tiene sus claroscuros. México tiene frente a sí una oportunidad compleja, pero también profundamente valiosa. No se trata de profundizar una relación a costa de otra, ni de forzar decisiones binarias entre China y Estados Unidos. El verdadero reto está en actuar con inteligencia estratégica: colaborar donde existan beneficios claros, aprender donde haya ventajas evidentes y ser cautelosos en aquellos espacios donde los riesgos sean mayores. En un mundo que se reconfigura rápidamente, los países que logren prosperar no serán los que se alineen de forma rígida, sino aquellos capaces de navegar con equilibrio entre distintas fuerzas. México tiene el potencial para hacerlo, siempre que mantenga claridad en sus prioridades y disciplina en su ejecución.